Hemos puesto demasiadas expectativas en el supuesto hombre civilizado y, por eso, cuando éstas no se cumplen nos sentimos defraudados. En realidad estamos mucho menos evolucionados de lo que pensamos, y nuestra realidad está más gobernada por las emociones, instintos y pasiones que por el juicio, la razón o la reflexión. Recordemos algunos ejemplos: guerras, terrorismo, homicidios y asesinatos, violencia en todas sus formas, abuso infantil, fanatismos, intolerancia, insolidaridad, terrorismo ambiental, etcétera.
Un error de nuestro tiempo es equiparar el desarrollo conseguido con los avances como seres civilizados; pero, desgraciadamente, estos progresos no discurren a la par. Y es así que somos capaces de hacer cosas extraordinarias gracias al desarrollo científico y tecnológico; pero, en asuntos donde demostrar el progreso moral y ético, nuestro grado de civilización resulta mucho más dudoso y exiguo.
El progreso hace que olvidemos nuestra humilde realidad. Vamos por la vida disfrazados de modernidad y somos más apariencia que realidad; somos soberbios, vanos e ilusos y, seguramente, más dignos de lástima que de reproches: somos humanos.
Pedro Serrano Martínez, lector, El País, 3 de marzo de 2007
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