miércoles, 28 de febrero de 2007

España se ha quedado un poco atrás

¿Hay algún lugar de Europa donde la vida de las personas esté amenazada en razón de sus ideas? ¿Se da el caso de que reformas legales que han ocupado durante años las primeras páginas de los periódicos, los informativos de la televisión, que han congregado miles de intervenciones de los dirigentes políticos y miles y miles de opiniones mediáticas, sean ignoradas deliberadamente, casi con asco, por más de la mitad de la población? ¿Hay muchos ejemplos de comunidades donde la mitad de la población preferiría no vivir con la otra media, y no sólo eso, sino que en vez de arrepentirse por sus malos instintos, hace apología política de ese rechazo? Te pregunto, oh dilecto: ¿conoces algún caso donde la ideología política de los jueces se ventile como sábanas al sol de un prostíbulo y se sobreentienda que sus decisiones técnicas han de quedar irremediablemente supeditadas a un partido previo? ¿Crees que algún dirigente político del mundo libre habría iniciado una negociación con un grupo terrorista con el rechazo del principal, y único, partido de la oposición? ¿En qué país uno tiene que comprar cuatro periódicos para conocer los hechos, los hechos, digo, no las opiniones? Cuéntame, apúrate, ve si puedes. Esto: hasta el 30 de diciembre del año pasado el Gobierno decía que la negociación con los terroristas progresaba y que el año que viene estaríamos mejor. Por su parte la oposición aseguraba que el Gobierno ya había vendido España a los terroristas, empezando por Navarra. O sea: ¿conoces algún país del mundo donde sean los terroristas, con sus bombas, los únicos capaces de restablecer la realidad? Y aun con las bombas: ¿algún ejemplo próximo de que tras quedar destrozadas 191 personas en los andenes los ciudadanos griten asesino en las calles a su presidente del Gobierno? Un país sin patentes, con niveles altísimos de fracaso escolar, un país donde las comunidades autónomas secuestran los ríos a su paso y donde los muertos dictan, como en ningún otro cementerio, la ley y el tiempo a los vivos. España, sin ir más lejos. Dirás, quizás: algo de esto pasa en todos los sitios. De acuerdo: pero no todo pasa en el mismo sitio.

Arcadi Espada, periodista, 24 de febrero de 2007

martes, 27 de febrero de 2007

Saber escuchar

Las historias viven en el aire, me refiero a la memoria colectiva, a una especie de caracola en la que se oyen trozos de relatos. El momento en que mejor escribo es cuando tengo la sensación de que me dictan. Son las historias las que te escogen y no al revés, pasas por ahí y te dicen: “Tú tienes que contar esto”.

Manuel Rivas, escritor, Elle, octubre de 2006

Presumir de pesimista

- Es usted un pesimista.

- Sí, pero es que yo creo que los pesimistas somos útiles, mientras que los optimistas son peligrosos y dañinos. Si uno es pesimista y advierte de los peligros, obliga a reflexionar, y tal vez contribuya a que se resuelvan los problemas. Los optimistas, en cambio, dicen que todo es maravilloso, que no hay que hacer nada, y los problemas llegan.

Giovanni Sartori, El País, 11 de julio de 2004

lunes, 26 de febrero de 2007

Más vale tarde que nunca

Érase una vez una mujer que descubrió que se había convertido en la persona equivocada.

Anne Tyler, escritora, Cuando éramos mayores

La envidia ya no es lo que era

En ‘La silla de Fernando’, un documental que es sobre todo un admirable ejercicio de admiración filmado por Luis Alegre y David Trueba, Fernando Fernán-Gómez afirma que, contra lo que suele creerse, el pecado nacional de los españoles no es la envidia, sino el desprecio; o, mejor dicho, el desprecio de la excelencia: quien envidia desearía escribir las 1.200 páginas del Quijote, dice Fernán-Gómez; quien desprecia es el que dice: “Pues, chico, yo he leído 30 páginas del Quijote y no es para tanto”.

Javier Cercas, escritor, El País Semanal, 25 de febrero de 2007

domingo, 25 de febrero de 2007

Delirantemente cierto

La política española resulta tan difícil de explicar al extranjero porque está toda entera contaminada de delirios, algunos de ellos tan difundidos, tan arraigados, que casi todo el mundo ya los confunde con la realidad. El delirio ha sustituido a la racionalidad o al sentido común en casi todos los discursos políticos, y los personajes públicos atrapados en él lo difunden entre la ciudadanía y se alimentan a su vez de los delirios verbales y escritos de unos medios informativos que en vez de informar alientan una incesante palabrería opinativa. La actualidad no trata de las cosas que ocurren, sino de las palabras que dicen los políticos, de los cuales no se conoce apenas otra cosa que sus exabruptos verbales.

Antonio Muñoz Molina, escritor, El País, 27 de enero de 2007